Desafíos de la cultura del descarte: Reflexiones sobre el poder y la pérdida de valores
El monstruo que nos consume y la necesidad de un cambio de paradigma
Hace unas décadas, algunos autores intentaron alertarnos sobre algo que hoy es evidente: hemos caído en los brazos de un monstruo al que seguimos viendo como un príncipe, pero en su interior sigue su naturaleza destructora.En sus constantes intentos de "ser humano", nos demoniza y nos somete por completo, dejándonos a merced de sus gustos y placeres, a los que nos hemos vuelto naturalmente dóciles. Hemos normalizado su poder hasta el punto de hacerlo parte de nuestras vidas.
Bajo este dominio, la cultura social experimenta un constante aumento de su poder. Zygmunt Bauman nos advertía que la actividad de consumo nos convierte en parte de una "Modernidad líquida", en el que la sociedad y sus objetos se vuelven desechables.
Es lógico detenerse un momento y reflexionar sobre el hecho de que todo lo que hoy tiene vida, mañana vuelve al polvo. Incluso los materiales más duros están destinados a este ciclo.
¿Será por eso que somos tan fácilmente domesticables, como si algo de esa naturaleza también nos dominara?
Hemos perdido el control al dejar todo en manos de la cultura digital, que nos dice cómo debemos ser, qué consumir, cómo educarnos o educar a nuestros hijos, qué aplicación es la mejor para cada cosa, y le hemos entregado el poder completo sobre nuestras vidas. Hemos perdido el miedo a vivir y hemos olvidado la muerte, convirtiendo a esta cultura en nuestro piloto automático de vida, de por vida.
Con esta premisa, el consumismo se ha instalado en nuestros hogares y ha abierto las puertas para que todos sepan que lo que tenemos o hemos logrado es lo que somos. En la cultura del descarte, si no tienes algo, no eres nadie.
Nos han enseñado que sin un título no somos nadie, y aunque esta premisa no es del todo incorrecta, un título solo es eso, no sirve de nada si no ponemos en práctica nuestros dones y habilidades. He visto a muchas personas sin título lograr mucho, mientras que otras con título hacen muy poco.
También nos han enseñado que la vestimenta y su marca nos convierten en personas con estatus. Al igual que si tenemos un auto, una casa o todos esos objetos que al final terminan siendo polvo, al igual que nosotros. Sin importar lo que tengamos que hacer para conseguirlo, no podemos quedarnos fuera de esta "Moda líquida".
El talento humano se ha desvanecido y quien le hace RCP es ese mismo monstruo que se alimenta de nuestros órganos vitales. El valor en nosotros mismos, el perdón, el amar, el amarse a sí mismo, todo está en ruinas. Jean Baudrillard nos decía que todos estos logros son signos de estatus y que sin ellos nos convertimos en descarte para los lobos. (Parafraseado)
La era hiper ha socavado lo más profundo de nuestro ser y nos ha convertido en personas inútiles ante esta cultura cegada de valores. Se ha infiltrado en nuestras relaciones y nos ha dicho que el poder está en esos signos: en cuerpos esbeltos, en un auto último modelo, en la novia más atractiva, incluso en nuestra economía.
Han dañado nuestros ojos y, como consecuencia, nuestros corazones.
En la sociedad del descarte, las relaciones mueren fácilmente pero pronto renacen otras nuevas, cegadas por otro poder, una variante de la inicial. Se han infiltrado tanto en ella que hemos perdido por completo el sentido de las relaciones y su propósito.
Hemos perdido la verdadera capacidad de amar, de convivir, y buscamos cada vez más en el otro qué variantes son más poderosas para excusarnos de compromisos. Cualquier excusa es perfecta para arrojarnos a los brazos del descarte.
El Papa Francisco, en sus últimos documentos a la Iglesia Católica, nos ha culpado y advertido sobre esto, pero estamos tan ocupados que criticamos rápidamente y dejamos de lado las cosas "menos importantes".
La Biblia y sus pasajes también nos han advertido sobre esta cultura, pero no hemos prestado atención al Sermón del Monte. Parece que el piloto de esta vida, al ser más palpable en una sociedad dominada por el mismo monstruo, es más creíble que una hermosa historia bien narrada en un libro que pocos quieren leer.
En esta era de consumo desenfrenado, es crucial detenernos y reflexionar sobre el verdadero valor de las cosas. No podemos permitir que la cultura del descarte nos defina, ni permitir que los objetos y las apariencias determinen nuestro valor como seres humanos.
Debemos recordar que somos mucho más que lo que poseemos o aparentamos. Nuestra verdadera riqueza radica en nuestras experiencias, en nuestras relaciones auténticas y en nuestra capacidad de amar y ser amados.
Es hora de desafiar las normas impuestas por esta cultura y buscar un cambio en nuestros valores y prioridades. Debemos revalorizar lo intangible, lo que realmente importa: la empatía, la solidaridad, la compasión y el respeto por nosotros mismos, por los demás y por el planeta.
Solo así podremos liberarnos de las garras de este monstruo y construir una sociedad basada en la dignidad humana y la sostenibilidad.
No permitamos que el consumismo y las apariencias dicten nuestras vidas, tomemos el control y construyamos un futuro donde el valor de una persona no se mida por sus posesiones, sino por su capacidad de amar y contribuir al bienestar de todos.



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