El arte de llorar tarde: crónica de un mundo que olvida
Vi el silencio vestido de gloria
Lo vi aparecer cuando ya era tarde, con flores, canciones, discursos, homenajes en las redes. Vi cómo el mundo se detenía por un instante para llorar a un artista, un pensador, un viejo rebelde. Lo vi en televisión, en portales de noticias, en posteos virales que juraban amor eterno.
Y entonces me pregunté:
¿Dónde estaban cuando aún respiraba?
La cultura del descarte no se revela de forma ruidosa. No entra por la puerta con la violencia de un golpe, sino que se desliza como el polvo bajo la alfombra. Nos acostumbra. Nos adormece. Nos convence de que lo viejo estorba, de que lo lento atrasa, de que lo vulnerable es una carga.
Y en esa lógica perversa, también caen nuestros ídolos.
Aquellos que nos conmovieron alguna vez, que nos dieron palabras, canciones o verdades que nos cambiaron, también fueron descartados. Cuando ya no vendían discos, cuando sus ideas incomodaban, cuando la salud los debilitaba o simplemente dejaron de estar de moda.
Entonces el sistema —que sabe consumirlo todo— los guardó en un estante invisible.
La muerte, esa gran maquilladora, viene a corregir lo que la vida dejó maldito.
Ahí sí, los rescatamos.
Ahí sí, recordamos su voz, su causa, su legado.
Como si necesitáramos su ausencia para valorar su existencia.
Pero eso también es parte del descarte. Porque honrar a quien ya no molesta no es virtud, es comodidad. Y la comodidad es enemiga del compromiso.
Nos cuesta sostener a quienes nos interpelan.
Preferimos a los muertos porque no contradicen, no evolucionan, no nos exigen nada.
Por eso, los convertimos en íconos.
¿Sabés qué es un ícono?
Una figura inmóvil, simbólica, sin posibilidad de contradecir.
Es más fácil amar un ícono que a una persona viva, con dudas, con errores, con fragilidades.
Me conmueve ver al mundo llorar lo que no supo acompañar.
Lloramos a los poetas pero no compramos sus libros.
Lloramos a los músicos pero no fuimos a sus conciertos cuando tocaron en bares vacíos.
Lloramos a los filósofos pero no los escuchamos cuando estaban vivos y gritaban verdades incómodas.
La cultura del descarte ha hecho de la vida un producto con fecha de vencimiento.
Aplicamos esa lógica a las cosas, a las personas, a los vínculos.
Y cuando ya no sirven, cuando se vuelven pesadas o demandantes, los tiramos.
La industria del homenaje póstumo es apenas la última parada en ese ciclo de indiferencia elegante.
Yo escribo esto no para culpar, sino para despertar.
Porque todavía estamos a tiempo.
A tiempo de honrar antes de perder.
De escuchar antes de llorar.
De estar presentes, aunque duela, aunque implique sostener lo incómodo.
No quiero más flores para los muertos, quiero manos extendidas para los vivos.
¿Y si en vez de homenajear tanto a los ausentes, empezamos a cuidar a los presentes?
¿Y si en vez de construir ídolos, volvemos a mirar a los seres humanos que nos rodean, imperfectos pero valiosos?
¿Y si el próximo homenaje que escribimos es para alguien que todavía puede leerlo?
Porque la verdadera contracultura en tiempos de descarte no es la rebeldía estridente, sino la ternura consciente.
La ternura de quien decide no desechar lo que no entiende.
La ternura de quien se queda, cuando todos se van.
Hasta que aprendamos a amar sin tener que perder primero.
Hasta que la memoria no reemplace a la presencia.
Hasta que el silencio no sea necesario para que escuchemos.


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