Cuando el alma se detiene

Entre la prisa y el silencio, una dignidad olvidada

El duelo, en nuestros tiempos, parece no tener lugar. Vivimos en una sociedad que corre, que exige resultados inmediatos, que observa con incomodidad a quien se detiene. Y sin embargo, detenerse es el primer acto de dignidad frente a la pérdida.

La cultura del descarte no solo se manifiesta en los bienes materiales o en los cuerpos envejecidos. También descarta los procesos del alma. No hay tiempo para doler, se nos dice. Pero, ¿Qué humanidad queda si eliminamos el espacio para la tristeza?

El duelo es un gesto de humanidad. Una forma de amor que se extiende más allá de la presencia física. No es enfermedad ni estancamiento. Es memoria activa. Y por tanto, resistencia.

Cada pérdida significativa es una interrupción del flujo habitual de la vida. Una grieta que obliga a mirar hacia adentro. Pero en lugar de permitir ese viaje interior, el sistema nos exige rendimiento, producción, apariencia.

He visto personas regresar a sus puestos de trabajo una semana después de enterrar a un ser querido. Con ojeras, sin hambre, desconectadas. No porque hayan superado el dolor, sino porque no les fue permitido transitarlo.

El duelo, sin tiempo, se convierte en fantasma. En tristeza crónica. En ansiedad. En enfermedades psicosomáticas. No es exagerado decir que una sociedad que no da lugar al dolor está condenada a una forma invisible de violencia.

Recuperar el derecho al duelo es también una forma de justicia social. Porque no todos tienen los mismos recursos para afrontar la pérdida. Y muchas veces, quienes menos pueden parar, son los que más necesitan hacerlo.

Habitar el dolor en una cultura de velocidad

Cierta vez, un hombre que, tras la muerte de su hermana, subió durante semanas a una colina para ver el atardecer. No llevaba flores ni palabras. Solo su presencia. "Cuando el sol cae, siento que ella baja conmigo", decía.

Ese acto, sencillo y silencioso, tiene una fuerza espiritual indiscutible. No necesita templo ni dogma. Es un ritual del alma, que resiste la prisa y abraza la ausencia.

Hay espiritualidad en el acto de detenerse. En mirar el cielo. En escribir una carta a quien ya no está. En escuchar el silencio. En regar una planta por cada recuerdo. ¿Cómo no llamar espiritualidad a eso que nos conecta con lo intangible?

Vivimos tan orientados al futuro que olvidamos el poder de los ritos personales. De las formas íntimas de despedida. Y sin embargo, los ritos son la arquitectura del alma. Nos sostienen cuando todo se tambalea.

El catedrático Zygmunt Bauman, agudo observador de nuestra modernidad líquida, decía: "En una sociedad que no sabe lo que significa perder, se hace cada vez más difícil saber lo que significa amar".

Duelo: una forma de resistencia emocional

En mi mirada sobre esta sociedad de consumo afectivo, noto que se exige productividad incluso del corazón herido. "Superalo", "pasá de página", "ya fue". Frases que no curan, sino que empujan al silencio.

Pero el duelo no puede vivirse en clave de urgencia. Quien se toma el tiempo para doler está, sin saberlo, cuidando su integridad emocional. Y también, cuidando la memoria del otro.

Reivindicar el duelo es reivindicar la pausa. Es decirle no a una inmediatez que no tolera el llanto. Es recordar que no todo lo que no produce, se desecha. Que lo invisible también forma.

Hoy más que nunca, detenernos a doler es un acto de revolución. Y también de amor.

Cuando escucho a una persona decir que no puede seguir, que no encuentra sentido, no le ofrezco consejos. Le pregunto: "¿Adónde pusiste tu duelo?". Porque muchas veces, el malestar nace del exilio del dolor. De no haberse dado permiso para sentir.

Reivindico el derecho al duelo como se reivindican los derechos humanos. Porque es en ese derecho donde se juega gran parte de nuestra salud emocional.

A quienes hoy están dolidos: no se apuren. No teman. No se culpen. Está bien no estar bien. Está bien llorar. Está bien extrañar. Está bien necesitar.

El duelo, en su forma más pura, es una celebración de lo que fue. Un acto de fidelidad. Una prueba de que fuimos capaces de amar sin contratos.

Y en un mundo que olvida tan rápido, recordar es también una forma de #justicia.

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